En el ámbito creativo cualquier persona capaz de rebasar los límites de lo convencional es susceptible de volcarse al arte. ¿Por qué? Quizá se deba a que el arte es la única expresión cuyo propósito no es la funcionalidad si no la contemplación, la reflexión, la catarsis, entre otras cuestiones abstractas y subjetivas. “Todo deseo estancado es un veneno”, afirmó André Maurois, y en el caso de Hal Braxton Hayes era de esperarse que su mente y su cuerpo un día no pudieran resistir más la tentación de crear por crear. Y gracias a esto dejó tras de sí un legado artístico de importante valor cultural.

En 1987 durante la XII Reseña Mundial de los Festivales Cinematográficos de Acapulco, el magnate inventor presentó algunas de las piezas en bronce que residían en su casa desde mediados de la década de los ochenta, y cuya simplicidad de formas, pero riqueza de movimiento y texturas, engalanó al bello puerto guerrerense.

El arte de Hal Braxton abreva del imaginario del creador. Cada una de sus esculturas representa algo: un hombre, un animal, un momento, un pensamiento, un sentimiento, un mito, un miedo. “Representa” más no “presenta”, ya que es evidente que no buscaba apegarse a las reglas clásicas de la figuración y la proporción, simplemente son una suerte de ejercicio mental arrastrado al plano terrenal. En alguna entrevista Braxton comentó que durante cierto tiempo lo primero que hacía al despertar era bocetar las imágenes que aparecían en sus sueños, y es de ahí de donde surgieron sus figuras.

Ahora bien, el tema de la muerte envuelve las piezas de Braxton, éstas reflejan la angustia que causa la incertidumbre de lo que sucede cuando lo único que permanece en la tierra es el cuerpo en descomposición. Independientemente del título o la forma parecen estar en un grito silencioso pero constante. Las texturas a veces chorreadas, otras veces abultadas, y en algunos casos con ambos acabados, muestran cómo el cuerpo ya sea humano, animal o imaginario, está siendo envuelto por la naturaleza recordando al espectador de dónde venimos y hacía dónde vamos.

Por otro lado, cabe resaltar lo orgánico como característica de sus piezas. Aunque el bronce es un material rígido, pesado y frío, el autor logra trabajarlo de manera que se vuelve  la prueba que evidencia la importancia del papel del medio ambiente en su vida. Cabe recordar que en su trabajo de ingeniería y arquitectura dicha propiedad ocupó un lugar privilegiado, como bien lo prueba su casa de Beverly Hills en la que la televisión estaba atrapada en el tronco de un árbol que cruzaba la construcción. A pesar de esto, en Braxton dicha fundición del objeto con el entorno se percibe ansiosa e inquieta.

En una entrevista Braxton describe su trabajo como “grotesco” y afirma que nunca tuvo la intención de que fuera “bello”. En pintura y escultura se conocen como grotescos o grutescos a los elementos estéticos que se relacionan de manera caprichosa, fruto de la combinación de lo humano, lo animal y lo vegetal; es, en resumen, una estética que pretende exaltar los vicios refiriendo a lo onírico y a lo monstruoso por igual. Dicho esto, se entiende que para Braxton el arte fue una manera de exorcizar sus propios monstruos.

Ahora bien, Braxton no ha sido el único “extranjero loco” que ha acogido México y que ha sido cautivado por el paisaje y el “ambiente mágico” que tanto embrujó a André Bretón, el padre del surrealismo, a finales de la década de los treinta. Basta mencionar a Edward James y la construcción que se dedicó a edificar durante poco más de veinte años en Xilitla, San Luis Potosí. La obra de ambos creadores se asemeja en la admiración al poder de la naturaleza y en su propósito de honrarla a través de sus particulares producciones artísticas; así como en la constante presencia de la abstracción de la forma. Abstracción en el sentido literal y metafórico de absorber lo esencial para exhibir lo más elemental del ser.

En alguna ocasión Braxton afirmó que sus influencias fueron todas las personas con las que convivió a lo largo de su vida: estrellas de Hollywood, importantes empresarios, artistas de la talla de Pablo Picasso, coleccionistas, entre muchos otros. Si en el arte es imprescindible que el autor se reconozca a sí mismo, es innegable que en la obra de Braxton se reconoce el pensamiento de alguien naturalmente excéntrico y caprichoso, pero también de un ser contemplativo, reflexivo e irremediablemente surrealista.

Verónica Chávez Jaime

Septiembre 2014