En 1960 llegó a México Hal Braxton Hayes. En menos de un año instaló en el puerto de Acapulco un exitoso club nocturno y erigió, en tiempo récord, un edificio de nueve pisos con cientos de obreros trabajando de sol a sol. Tenía la ambición de construir un club internacional para hombres de negocios que se elevara 21 pisos sobre un acantilado en el cerro de La Mira. El proyecto resultaba genial: contaría con tres albercas, una de ellas voladiza que se extendería 15 metros hacia afuera sobre el Océano Pacífico y desde la cual se aventarían los clavadistas con paracaídas para al final liberarse en caída libre hacia la Quebrada; 145 habitaciones, 15 cocinas, 42 salas… todo el lujo imaginable incluso para esta época. Sin embargo, las autoridades detuvieron el proyecto por temor a que la obra no pudiera resistir las sacudidas de algún sismo. Sobra decir que entonces no había herramientas tan globales para investigar quién era este “gringo loco”.

Hal nació en 1911 en Carolina del Norte, donde creció en un pequeño pueblo llamado Lenoir. Cuando su padre –constructor– empezó a sufrir los estragos de la Gran Depresión, Hal viajó a California en busca de oportunidades. Consiguió trabajo como cronometrista de obra y pronto ascendió en puestos hasta que decidió emprender su propio negocio. Desde joven mostró señales de una gran capacidad creativa desarrollando cientos de inventos que han quedado registrados en los archivos de patentes, entre los que destaca la grúa tipo “pluma” que aún hoy se utiliza alrededor del mundo para levantar edificaciones mayores a ocho pisos. En medio de la crisis económica que se vivía en el país, Hal tuvo la visión de abaratar las construcciones. En su empeño, se volvió experto del concreto y diseñó una línea de producción para levantar casas en muy poco tiempo, lo que le ganó el sobre nombre de “el Ford de la construcción”. En 1945, la revista Life publicó un artículo donde se registra la construcción de una casa en tan sólo 34 minutos, lista para habitarse, con muebles y servicios de agua, gas y luz. El hombre que habitó esa casa se llamó James Sadler, y estaba orgulloso de haber sido el propietario del famoso hogar en la avenida Lexington del barrio El Cerrito en California. Los periódicos se poblaron con reportajes de esta vivienda rápida y económica en una época en que la gente necesitaba escatimar en gastos. Hayes, por su parte, pobló los barrios con miles de casas que se distinguían de las demás y que las personas empezaron a reconocer por su “estilo Hayes”. Para sus treintas, sus ganancias ya habían ascendido del millón de dólares.

Hal también se ganó el título de “hombre milagroso del concreto”. Con la Segunda Guerra Mundial se enfocó en el estudio y desarrollo de este material para producir embarcaciones navales. En 1943 presentó el prototipo de un barco con apariencia de submarino que llamó Lektron. Con 125 pies (38.1 m) de largo y forma de cigarro, la nave alcanzó una velocidad de 20 nudos marinos (37 km/h) sobre la bahía de San Francisco y se propagó, también, en periódicos y revistas locales y nacionales. El inventor prometía una embarcación que alcanzara los 75 nudos (138.9 km/h), velocidad inaudita para ese tipo de naves; sin embargo la guerra terminó y con ella el apoyo al desarrollo del proyecto.

El fin de la guerra trajo para el empresario una nuevo nicho de negocios. Las dos superpotencias mundiales comenzaron su carrera tecnológica que buscaba caminos en el espacio y en el desarrollo de las bombas más letales que el mundo hubiera conocido. El 22 abril de 1952 se transmitió en televisión nacional de EUA la prueba de una bomba atómica en el desierto de Nevada a la que Hayes fue requerido por el gobierno federal como testigo. El constructor no sólo aceptó la invitación, incluso propuso poner a prueba uno de sus refugios nucleares. Tenía tanta confianza en su efectividad que se ofreció como voluntario para permanecer dentro de la construcción y probar al mundo que un ser humano estaría perfectamente a salvo en su guarida a prueba de bombas. El gobierno negó la solicitud. No obstante, la explosión sumió a los ciudadanos en un pánico generalizado que los apremió, aún más, a buscar formas de protección efectivas. Fue entonces cuando aumentó la popularidad de los búnkers anti-nucleares. Hayes escribió varios artículos donde daba consejos a la población sobre formas baratas de proteger sus viviendas que no implicaran una nueva construcción, e instó al gobierno a imponer un reglamento estricto que garantizara protección anti-nuclear en las nuevas edificaciones. Aunque el gobierno hizo caso omiso de sus recomendaciones, el constructor se enfocó en ofrecer viviendas a prueba de bombas.

Por su parte, en 1953 el millonario concluyó “la casa de sus sueños” sobre Sierra Alta en Beverly Hills. Su mansión, muy ad-hoc a la extravagancia Hollywoodense, incluía una serie de mecanismos que lo protegerían de cualquier detonación nuclear. Con tan sólo un botón, los tapetes del piso se levantarían sobre los ventanales para proteger el interior de los pedazos de vidrio que salieran volando por la explosión e, incluso, de rayos gamma y neutrones. La alberca, que se encontraba tanto en el exterior como en el interior de la casa, escondía la entrada a una guarida secreta equipada con tanques de oxígeno. Hal creía que las personas se lavarían la contaminación nuclear al sumergirse en el agua. Además, incluyó un refugio nuclear en la parte inferior de la casa y dentro de la montaña a prueba de bombas. Pero el bon vivant incluyó otras particularidades a su casa que poco tenían que ver con la seguridad. La cocina estaba equipada con grifos que servían champaña, whisky escocés y bourbon, pues seguido organizaba fiestas para las grandes celebridades del barrio y del mundo. Un árbol quedó atrapado por la construcción de tres pisos y se eleva, aún hoy, sobre el techo. En una de las salas, una televisión incrustada en el tronco transmitía su señal. Los autos se estacionaban sobre dos carriles de metal volados, según el autor, para ahorrar espacio; sin duda, también lucía espectacular. A un costado de las escaleras de esta mansión de seis pisos, Hayes incluyó un par de esculturas de concreto hechas por él mismo: una representaba la Muerte; la otra, a un atleta moribundo tras haber luchado su batalla final que portaba el rostro del autor. Las fotografías que quedaron como registro muestran estas estatuas con un estilo que más tarde se seguiría expresando en su obra artística. Además, el interior de la casa se distingue por un diseño muy peculiar pues busca simular el ambiente del exterior con plantas y formas arbóreas que parecen enredarse y emerger de los muros.

Los sueños de Hayes no conocían límites. Otro de sus inventos fue una casa sobre ruedas que se pudiera doblar y desdoblar en instantes, hecha de concreto y que incluía alberca y chimenea, lujo para algunos y vivienda económica para otros. En 1954 prometió la construcción de la primera ciudad totalmente a prueba de bombas que se levantaría sobre un terreno cerca de Minneapolis. Sueño, sin embargo, que no logró concluir.

No todo en su vida fueron inventos y construcciones. Algunas revistas lo describieron como un playboy de Hollywood y él mismo se jactaba de haber socializado con grandes personalidades y bellas mujeres como Barbara Hutton y Grace Kelly. Sin embargo, la artista húngara Zsa Zsa Gabor estuvo a punto de amarrarlo dos veces. El primer intento fallido fue en 1956; pero en 1959 el compromiso parecía sólido con la entrega de un anillo de diamante azul de 45 quilates que pesaba tanto que cuentan que a la actriz le costaba trabajo levantar la mano y prefería gesticular con su mano libre. Pero el matrimonio nunca se consolidó. En 1960, Hayes cambió el glamour de Beverly Hills por el paisaje acapulqueño que modificó con su torre de babel, como algunos lugareños llamaban a su gran edificio. La obra quedó detenida casi tres décadas, acumulando mitos y leyendas.

Habemos muchos que vivimos con la mente llena de sueños, promesas que nos hacemos a futuro pero que pocas veces logramos cumplir: “cuando tenga tiempo me volveré escritor”; “cuando me retire seré pintor”… sueños que nos ayudan a seguir el camino por la ilusión de verlos realizarse. A finales de la década de los ochenta Hal Hayes dirigió su capacidad creativa y energía emprendedora en cumplir una tarea más: ser artista.  Y volvió a poblar periódicos y revistas, esta vez locales y nacionales de México. En 1987 se celebró en el puerto guerrerense, con gran pompa y esplendor después de 18 años de ausencia, la XII Reseña Mundial de los Festivales Cinematográficos de Acapulco. El certamen reinaugurado buscaba abarcar otras expresiones artísticas. Hal Braxton Hayes aprovechó entonces para dar a conocer su trabajo plástico en pintura y escultura sobre bronce.

Tal vez por haber estado tanto tiempo guardadas en el armario de los sueños, las piezas parecen emerger de un universo onírico. Figuras que se reconocen como seres, pero que no podemos distinguir alguno reconocible, tan solo “aires” de animales y hombres. El proceso creativo del estadounidense tenía su origen en una sesión de autohipnosis; roto el sueño, el artista hacía bocetos para no olvidar sus ideas. El reto quedaba en hacerlo realidad. Sin duda, en la apreciación de sus piezas, uno se siente transportado hacia un mundo de ensueño. El mismo autor describe su trabajo como abstracto, grotesco y lo enmarca en un estilo que él denomina sculp-art. Hayes cuenta que entre las celebridades que conoció en su vida se encontraba Pablo Picasso, que él presentó a los reyes de Inglaterra a través de la socialité Barbara Hutton. El trabajo del español tiene mucha influencia en las piezas del estadounidense, y se hace más evidente en dos piezas: La pietá que parece haber surgido de El Guernica y Demoiselle con inspiración de Las señoritas de Avigñon, obras maestras del malagueño.

Hal deslumbró diarios, revistas y programas de televisión mexicanos con sus piezas, inventiva y gran personalidad. Los periódicos dan cuenta de la exposición de pinturas y esculturas que presentó en el Centro de Convenciones de Acapulco y que fue visitada por los presidentes latinoamericanos del momento. Hayes acaparó los reflectores llegando en limusina, con su leopardo de mascota y la compañía de la actriz Sonia Infante. Las piezas mostraban etiquetas con precios de millones de dólares. Meses después, Hal presentó otra obra aún más llamativa. Remodeló el edificio del cerro de La Mira y lo decoró con sus esculturas y creaciones, convirtiéndolo en una enorme y atiborrada escultura. Sobre los muros de concreto y piedra colgó sus cuadros de bronce. En la azotea se elevaba una escultura gigante de un rostro delineado y que pesaba toneladas. A un costado del edificio, sobre el piso de lo que habría sido la alberca que se extendería 15 metros hacia el Pacífico, Braxton –como firmaba sus piezas– hizo una instalación de su limusina colgada con las ruedas hacia arriba y que podía girar en la posición que fuera gracias a los cinco ejes que la sostenían. Así como su mansión en Hollywood, el automóvil tenía detalles que sólo el lujo puede justificar como refrigerador, cama y televisión. Este trabajo llamó tanto la atención que vino un equipo de producción del programa estadounidense “Lifestyles of the Rich and Famous” (estilos de vida de los ricos y famosos) para documentar su vida y su trabajo en bronce.

Excéntrico, carismático, extraordinario, milagroso, innovador… a Hayes lo han descrito cientos de adjetivos que lo engrandecen; algunos dirían que fue un hombre fuera de este mundo. Como si su muerte también le fuera fiel al misterio que envolvió su vida, Hayes murió en la víspera del festejo a la muerte en Estados Unidos, el 30 de octubre de 1993 a causa de cáncer. Pero sin duda lo que lo hizo único fue la capacidad que tuvo de hacer realidad sus sueños, de traer al mundo material ese universo fantástico que habitaba en su mente. Puso su creatividad al servicio de la ciencia y el arte por igual. Pero tener la conciencia de que fue un hombre que habitó esta tierra como todos nosotros y que se levantó desde circunstancias poco favorables, nos invita a sentir admiración, pero sobre todo, nos inspira a poner a prueba nuestra propia capacidad creativa y productiva. Esa inspiración permea en su trabajo y lo transmite a quienes contemplan sus obras.

Daniela Castillejos

México 2014